El dia de nuestra llegada a la Linea vimos un cartel anunciando una corrida de toros donde toreaba nada menos que mi ídolo el maestro Morante de la Puebla, acompañado de Juan Ortega y de Pablo Aguado. Una apoteosis. Tuvimos suerte de encontrar entradas de sol en primera fila tras la barrera y allí fuimos ese lunes de fiesta a las siete y media de la tarde, con el sol brumoso ya caído. Compramos unas almohadillas y antes de entrar esperamos a que aparecieran las figuras de los maestros. Cuando llegaron, la gente les abordó en busca de autógrafos, dedicatorias y selfies y vi a medio metro a Morante el cigarrero, más bajito que yo, vestido de morado, con planta y aire sevillano y esas patillas que le caracterizan. Qué emoción. Del patio de cuadrillas subimos a nuestro asiento nerviosos a esperar que empezara el espectáculo. En primer lugar salieron unas carretas de caballos con la reina de las fiestas y sus damas de honor luciéndose camino de la presidencia. Luego tuvo lugar el solemne paseillo de los toreros con sus cuadrillas, los caballos con los picadores y empezó la fiesta. El primer toro le tocó a Morante, las expectativas eran máximas pero le salió un astado muy soso. El diestro le toreó lo que pudo y no se pudo lucir más porque el toro no tenía casta. Mató bien pero no le dieron nada pues la suerte es un todo en este arte y el toro no le dejó hacer su trabajo para lucirse y conseguir su trofeo. Juan Ortega en cambio estuvo muy bien, recibió muchos olés y le dieron una oreja y dio la vuelta al ruedo, ya que las orejas llevan implícita la vuelta al ruedo, aunque puede dar la vuelta al ruedo sin haber cortado ninguna oreja, si es a petición del público. En el tercer toro se estrenaba Pablo Aguado que estuvo muy valiente, se pegaba tanto que el toro le agarró por el muslo, le volteó y le puso bajo sus patas, qué susto, menos mal que le pudo salvar la cuadrilla. Salió corriendo y cojeando y continuó su faena acercándose al toro más todavía si cabe aplaudiendo la gente enfervorecida esa valentía. Mató a la primera y le dieron una oreja. También dio la vuelta al ruedo recogiendo y lanzando los objetos que la gente le dedicaba. El cuarto toro y segundo del maestro Morante, tampoco tenía casta y no se pudo lucir igual que le pasó con el primero, y se quedó decepcionado como toda la gente en la plaza. Qué pena ver a alguien que quiere mostrar su arte y no puede. Se despidió del festejo sin pena ni gloria, dejándonos con las ganas de verle por chicuelinas, naturales, verónicas y algunos de los pases de pecho que tanto me gustan ver en él. Toda una pena para nosotros y también para su orgullo torero. En el quinto toro, otorgaron otra oreja a Juan Ortega aunque el toro que le tocó estaba flojo, sin ganas de embestir y se paraba tanto que tardó mucho tiempo en torearlo. Ya eran las 10 de la noche, encendieron las luces de la plaza y nos quedaba por disfrutar el último toro de la tarde con Pablo Aguado. Los trajes de luces lucían mucho por el reflejo de los focos en sus cristales, colores y brillos cosidos....Salió el último toro y al poco tiempo se armó una bronca inmensa entre el tendido...La que se montó con este ultimo toro. La gente estaba harta de la poca casta demostrada por los anteriores y éste salió mas débil todavía, se caía de patas, entró a picar y se caía...la gente chillaba como loca "fuera, fuera" y el Presidente ni caso, esperando...le clavaron sólo un par de banderillas y el toro continuaba cayéndose,... al final el Presidente no tuvo más remedio que sacar el pañuelo verde y la cuadrilla atraerle hacia los toriles porque no había cabestros que lo retornaran...puf! la de tiempo que estuvo despistado el toro hasta que quiso entrar...Por fin salió el último toro, en realidad el séptimo y le tocaba lidiarlo a Pablo Aguado que lo hizo muy bien, pero a la hora de clavarle el estoque lo hizo requetemal y no llegaba el momento en el que los puntillazos hicieran efecto al pobre moribundo, así que la gente enfadada se iba marchando y el toro allí seguía agonizando y ya eran las 11 de la noche. Nosotros esperamos a marcharnos hasta el final de los finales apurando todo el tiempo que pudimos, que para eso estábamos en una plaza de toros que ya no tenemos en nuestra ciudad, y nos fuimos cuando salió el último torero con su cuadrilla viendo al pobre Morante que se iba cabizbajo y meditabundo. A la salida tuve la suerte de que el chófer de la furgoneta de Morante me diera su foto. Por cierto, se estaba alojando en nuestro hotel. Al llegar al hotel estaba llí la furgoneta del maestro y los chicos muy amables, me dieron otra foto y me dijeron que toreará en Donosti y Vitoria en agosto. Al dia siguiente, el diario Europa Sur decía esto entre otras cosas: "Bastaba un puyazo, o a veces ni eso, para descubrir que (los toros) llevaban la bravura escondida en una proporción casi homeopática. Eran como las japonesas de crema que esa misma mañana habían recorrido las vitrinas de las pastelerías linenses. Mucho bollo y un relleno que desaparecía a la primera cucharada. Después quedaba únicamente una masa dulce, blanda y resignada. Así embistieron casi todos"
Aun así, a nosotros nos gustó mucho la corrida, sobre todo el ambiente de la plaza, estar sentados en las gradas, el despliegue de luces y colores, el protocolo de los tiempos del toreo, los olés de la gente en los buenos pases y cuando tocaban los pasodobles. Ver en vivo y tan cerca cómo salen los toros del toril y cómo calcula el torero por dónde empezar a faenar con esa serenidad ante el peligro y esa firmeza y entrega absoluta, nos pareció un trabajo sublime y vocacional, una pasión por el toro y una valentía tan admirable y silenciosa que sólo la pueden tener unas pocas personas que nacen con este don tan poco común y tan especial.