Mirador de fiordos
Llegamos a Bergen atravesando muchos lagos, cascadas, ríos y demasiados túneles al ser todo tan montañoso. Disfrutamos mucho del recorrido porque la naturaleza es bellísima y no dejaba de regalarnos imágenes de postal. Cuando llegamos a este puerto de fiordo, recorrimos su casco histórico, la península de Nordnes, el viejo puerto de Bryggen, el antiguo barrio de los comerciantes y sus casas de madera Patrimonio de la Humanidad y vimos algunos de los edificios civiles más destacados. Fue interesante saber que esta ciudad prosperó gracias a una asociación que se llamaba la Liga Hanseática y que se trataba de una potente agrupación comercial y defensiva de gremios de comerciantes, y también de ciudades del norte de Europa, de mediados del siglo XIII. Durante más de 300 años dominaron el monopolio del comercio marítimo en los mares Báltico y del Norte y a diferencia de los reinos de la época, sin tener ni rey ni ejército, se auto gobernaron estilo holding empresarial actual y tenían sus propias políticas, órganos de control y también barcos armados para proteger sus intereses y monopolizar bienes clave como eran la madera, las pieles, los cereales, el arenque, la sal y las telas. Su declive llegó a partir del siglo XVI con el surgimiento de los estados-nación centralizados y el descubrimiento de nuevas rutas transatlánticas. Como no pudieron adaptarse a los nuevos tiempos, se disolvieron en el siglo XVII, pero dejaron su recuerdo imperecedero en su propio barrio costero. Subimos en su famoso funicular Floibanen, con la O cruzada por una diagonal porque sus grafías tienen sus propias características, hasta la colina a 320 metros sobre el mar. En la cabina entramos demasiados, había que estar de pie y como era la semana de la ópera, nos cantaron un aria mientras subíamos, así que la subida se hizo emocionante. Arriba nos encontramos otro cantante de ópera subido en su pedestal terminando su actuación y un espectáculo maravilloso de todo el fiordo con sus variadas ramificaciones, el puerto de Bergen con varios muelles para cruceros y la ciudad repartida entre las sinuosas curvas de tierra que dejaba el fiordo sin ocupar. Allí estuvimos más de 1 hora al agradable calor del sol admirando el paisaje de fiordos, viendo entrar y salir cruceros y hablando con una señora coreana muy graciosa. Con pena, porque el tiempo era agradablemente calido y soleado y el horizonte estaba totalmente despejado para una ciudad que siempre llueve, bajamos andando unos 45 minutos por un sendero muy agradable donde había cabras de cachemira grandes como burros y muy mimadas pues la gente las acariciaba todo el rato. Bajando por un sendero curvo, llegamos a las casas de colores del siglo XVI de la liga Hansiatica. Allí recorrimos sus estrechos cantones de suelo de madera. Luego en una inmensa terraza junto al puerto y las casas de paredes de madera de colores, nos tomamos una cerveza local pale-ale a 13€ la caña. El ambiente estaba muy animado de música pero muy mustio de personal pues tenían un semblante serio, se sentaban solos y tragaban cerveza tras cerveza mirando al infinito. También nos fijamos en un intento de ligoteo que de entrada estaba condenado al fracaso por el lenguaje no verbal de las chicas que, con sus brazos cruzados en el pecho, dejaban claro a los chavales de la mesa que no querían saber nada de ellos. Para finalizar nuestra estancia en Bergen y también en el país, ya que era el último día de esta excursión tan extraña en un país tan diferente al nuestro, paseamos por el mercado del pescado lleno de turistas y nos asustamos al ver que el kilo de pulpo estaba a 130€, pero que si lo convertías en un bocadillito te podías llevar unas rodajitas del mismo por un poco menos de 30€ al cambio. La verdad es que el país nos ha gustado mucho por su impresionante, potente y bella naturaleza, pero estoy segura de que no tanto como para repetir.
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