En la cuna del castellano
Un dia de finales de un cálido mes de agosto de 2026, quedamos con mis amigas de Lastras: Elo y Cloti, y sus maridos Luismari y Jaime, para ir a visitar Valpuesta, la sede episcopal más antigua de Castilla que queda mucho más cercana a Vitoria, 45 km, que a su capital Burgos, a 100 km de distancia. Valpuesta, el segundo obispado de la Reconquista desde el año 804, mantuvo una comunidad de monjes canónigos que fue una de las más importantes comunidades del medievo y que se transformó en plaza de enorme valor estratégico durante la Alta Edad Media al estar situada en una de las fronteras de los territorios reconquistados donde se instalaron repobladores cristianos a partir de la segunda mitad del siglo VIII. Al situarse junto a las montañas del valle de Valdegovía al pie de los agrestes montes Obarenes, además de estar cercana a las cuencas del alto Ebro, ofrecía una barrera impenetrable para que los repobladores pudieran vigilar, contener y rechazar las incursiones musulmanas que solían atacar en verano para llevarse las cosechas entre otras cosas. Además, durante los siglos X y XI, se consolidó como una ruta alternativa y segura para los peregrinos que se dirigían a Santiago de Compostela. Con el avance de la Reconquista, en 1087 el obispado pasó a Burgos y Valpuesta se convirtió en arcedianato adscrito a la diócesis de Burgos y que por su prestigio politico y religioso, atrajo a figuras que luego fueron Papas, como la de Adriano de Utrecht, futuro Adriano VI, arcediano de Valpuesta hasta 1515, fecha en la que el emperador Maximiliano le nombró tutor de su nieto, el futuro Carlos V. Pero volviendo al pasado, esta pequeña comunidad monacal pasaba parte de su tiempo copiando y redactando textos en latín, donde se recogían juicios, permutas, algún contrato de reparación de la iglesia, juramentos, nombramientos de fiadores, ventas y donaciones de ganado, tierras o enseres a cambio de bienes espirituales como un entierro en su suelo sagrado o misas en su memoria. En estos documentos que debían ser redactados en latín, se deslizaron algunas de las palabras que ya formaban parte de la lengua cotidiana que se hablaba entre los monjes y entre la gente, una lengua viva, espontánea y de uso común hablada por el vulgo, un nuevo vehículo de comunicación entendido por quienes vivían o pasaban por allí debido al influjo del intenso tráfico de repobladores en una zona de constante intercambio fronterizo y que iba sustituyendo al latín. De esta forma esos documentos, llamados los Cartularios o becerros góticos y Galicano de Valpuesta, registraron los primeros indicios escritos de la lengua romance que hoy conocemos como castellano. Los fondos de Valpuesta guardados en el Archivo Histórico Nacional, constan de ocho documentos del siglo IX, 39 del X, 49 fechados en el XI, 90 en el XII y uno del XIII. Muchos eruditos y la Real Academia Española han ratificado que los cartularios de Valpuesta son «los primeros documentos en los que aparecen palabras escritas en castellano». Por ejemplo: «Madera» en lugar de «Matera»; «Fresno» en vez de «Fraxinum»; «Fuero» en lugar de «Forum»; «Kasa» en vez de «Domus» o «Manzanos» en lugar de «Pomares». Así, en uno de los pergaminos datado en el 939, cuya copia se encuentra en la Colegiata, se puede leer en la nueva lengua romance de uso cotidiano lo siguiente: «Potro castanio et pielle» en lugar del latinismo «Equulus Castanus et pellis». Señalar que las Glosas emilianeses de San Millan de la Cogolla en discordia, datan de la segunda mitad del XI. Por tanto, visto lo visto, se puede afirmar que la cuna del castellano se encuentra en este lugar del norte de Burgos.
Tras asentar este discurso tan revelador, hay que dejar constancia de las maravillas que observamos dentro de la Colegiata. Su origen proviene de una ermita románica que por su poderío político y religioso, pasó a ser una colegiata de estilo gótico con elementos renacentistas. De hecho, en la última remodelación realizada en el siglo XVI trabajaron en ella artistas de renombre como Felipe Bigarny, uno de los más grandes escultores del Renacimiento español. A éste y a sus discípulos se le atribuye el retablo dedicado a la Virgen, un impresionante apostolado en talla de estilo manierista italiano de 17 tallas de tamaño natural muy expresivas. Coronan el retablo un gran crucifijo superior flanqueado por San Juan y la Virgen María y en su parte baja o predela lucen unos pequeños relieves representando la vida de la Virgen desde sus desposorios hasta la Asunción tallados y pintados de tal modo que parecen brillantes marfiles. Una curiosidad destacable es la polémica imagen del Espíritu Santo que corona el retablo de la capilla de la Santísima Trinidad y es una talla del siglo XV o principios del XVI que representa a la Trinidad de modo antropomorfo. En ella, el Espíritu Santo no se muestra como la tradicional paloma blanca, sino como un anciano con barba, alas y de rostro muy parecido al Padre. Este tipo de iconografía se terminó prohibiendo por representar al Espíritu Santo de forma humana y el papa Urbano VIII en 1628 y, de forma definitiva, el papa Benedicto XIV en 1745 ordenaron retirar y destruir este tipo de imágenes por considerarlas confusas, heréticas o propensas a errores en la fe. La escultura de Valpuesta es una de las pocas representaciones antropomorfas que lograron salvarse de la quema y de la censura eclesiástica y esto la convierte en una joya artística e iconográfica de extraordinario valor. La esbelta torre es el elemento más moderno del conjunto al ser de estilo neogótico. Las vidrieras, comparables a las que existen en la Capilla del Condestable de la Catedral de Burgos o las de la Catedral de León, muestran escenas de la Adoración de los Reyes Magos y la Crucifixión, así como ángeles, apóstoles, leones, ciudades y bellos paisajes. El escudo de la familia Velasco está presente en el interior de la Colegiata porque este poderoso linaje ejerció patronazgo sobre el templo y contaba allí con capillas funerarias y enterramientos nobiliarios debido a la influencia política y poder que ejercieron en la zona durante la Edad Media y el Renacimiento. La Colegiata mantiene el claustro gótico que sirvió como panteón de los nobles de la época, entre ellos hubo miembros de las poderosas familias Salazar o Velasco, antiguos condestables de Castilla. En la foto estoy con mis amigas Elo y Cloti dentro la Colegiata escuchando las explicaciones sobre las palabras escritas en romance del documento del Cartulario de 939 que allí estaba expuesto para nuestro disfrute y lectura. Nuestro atuendo es medieval, como no podía ser menos, y representamos a las mujeres del linaje Velasco que a buen seguro, hablaban en castellano. Cerca de la Colegiata se aprecia la monumental torre del S.XV también de los Velasco y la casa de los Zaldivar, o del Inquisidor, un palacete renacentista que conserva el escudo de armas en su fachada, donde aún puede leerse una frase que alude al Carpe Diem: «Vive bien, que has de morir».
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