Retratista y japonesas
El Museo Cruz Herrera es una pinacoteca dedicada al pintor lienense José Cruz Herrera. Está enclavada en los jardines Saccone franqueados por estatuas, fuentes y jardines en su exterior con frondosos árboles donde disfrutamos de la misa rociera el domingo de fiestas del Carmen. En esta escogida colección de poco más de 200 lienzos de los más de 5.000 que realizó, se refleja con fuerza la maestría del pintor para el retrato. En sus cuadros de principios del siglo XX figuran retratadas personas de toda condición en escenas costumbristas de una forma elegante, colorida, realista y muy valiente, sobre todo el apartado dedicado a bellisimas mujeres andaluzas, muchas de ellas desnudas, con cabellos y ojos oscuros, labios gruesos y muy rojos, a las que pintó con atrevido y delicado gusto. Tuvimos la suerte de apreciar en las mismas salas de los cuadros una interesante exposición de vestidos de famosos modistos de alta costura, todos ellos en tonos negros. El museo nos dejó muy buen sabor de boca y mejor fue cuando al salir, fuimos en busca de las famosas japonesas, los bollos típicos y originarios lienenses con forma de empanada rociados de miel, rellenos de cabello de ángel o de crema. Para crear este dulce, su propietario se inspiró en una receta marroquí y tuvo tal exito que perdura hasta nuestros días. El nombre del dulce le viene de que el pastelero que lo creó a principios del siglo pasado era el propietario de una pastelería llamada la Japonesa titulando así a sus recien creados bollitos y cogieron tanta fama estos dulces que se convirtieron en uno de los iconos de la ciudad. Tanto es así que el lunes de la semana de fiestas se ha dedicado a las japonesas y la corporación municipal recorre las diferentes pastelerías de la zona para dar cumplida cuenta de esta delicia. ¡Qué deliciosa tradición! Luego fuimos a comerlos al café la Modelo, en la popular calle Real, justo enfrente de la pastelería donde los compramos y nos encontramos con un establecimiento grande de los años 40 del siglo pasado, con esa estética de los antiguos cafés de lámparas de araña y mesitas de mármol adornado de una preciosa escalera rococó que sube a la primera planta. La calle estaba muy animada con la gente en las terrazas desayunando, sobre todo, los sabroso churros con chocolate que saben a gloria. Si me quedó una semana más allí, vuelvo redonda.
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