En el fin del mundo
Este romántico título, fue cierto, Pedro se vino conmigo hasta el fin del mundo porque nos fuimos a Ushuaia, la Tierra de Fuego, a muy pocos kilómetros del antártico polo sur. La ciudad era especial, de casas bajas, todo muy árido y rodeado de montes muy picudos nevados. Hacía un viento helado y la luz era diferente. Tuvimos suerte con el tiempo despejado y un sol brillante, pero tibio, cuando hicimos la excursión que partió de la estación del Tren del Fin del Mundo. Nos sorprendió lo bien que está figurada la estación al estilo antiguo, en madera cortada en forma de medios troncos y ambientado en los primeros años del siglo pasado. En sus raíles lucían los trenes de madera y de vapor. Este tren tiene su historia: se creó en 1909 y le llamaban el tren de los presos. Fue diseñado para transportar materiales y leña para la subsistencia del antiguo penal de la ciudad y funcionó hasta 1952, cinco años después de la clausura definitiva del penal ordenada por el presidente Juan Domingo Perón en 1947. Hoy es un atractivo paseo para disfrutar de los paisajes dentro del Parque Nacional de Tierra del Fuego y se le considera la vía férrea más austral del mundo. Contaba con 2 locomotoras para transportar a los presos diariamente hasta los terrenos del actual parque. Ellos recogían y almacenaban en el tren, la madera que talaban a mano durante su jornada laboral y en el trayecto que conectaba la prisión con el bosque, pasaban a lo largo de la costa frente al creciente pueblo de Ushuaia. Segun el relato que nos contaron, los presos decían que esperaban con gusto las horas de trabajo en el tren porque les permitía salir de sus muros, respirar aire puro y distraerse disfrutando de tan bellos paisajes. Antes de pasar al andén nos hemos sacado una foto con unos “presos peligrosos” muy graciosos que luego hemos comprado enmarcada. Luego nos han acomodado en una mesita junto a la ventana con auriculares para escuchar la historia de la época en la que funcionaba este tren. Hacía calor y la gente sacaba su termo para tomar mate. Nos pararon en un mirador que daba a un cerro y subimos a ver una cascada en el monte. Al final del recorrido en tren, nos recogió el bus para continuar la excursión por dentro del Parque de Tierra de Fuego. Este lugar tiene más de 69.000 hectáreas y es el único de la República Argentina que combina ambientes marinos, boscosos y de montaña. Además, cuenta con lagos, bosques, valles y extensas turberas formando un escenario singular en medio de un lugar con el aire más puro que se pueda respirar. También encierra la historia de los yámanas, antiguos habitantes de estas tierras y dicen que es posible encontrar “concheros” o montículos formados por restos de conchas y mejillones, que recuerdan que estas tierras fueron habitadas desde hace más de 10.000 años. En nuestra visita contramos paisajes exuberantes y diversos, habitados por aves autóctonas como el pintoresco cauquén marino, el pato vapor o el albatros ceja negra, también es común ver zorros grises y colorados, y nos hubiera gustado haber podido escuchar el sonido característico del pájaro carpintero que vive allí. Visitamos el Lago Acigami, también conocido como lago Roca y se trata de un lago glaciar situado en la frontera entre Argentina y Chile, cuya flora y fauna es especial. Subimos por un sendero hasta un mirador alto y ver ese maravilloso paisaje con el lago bajo nuestros pies, fue cautivador. Terminamos la excursión visitando la bahía Lapataia. Su nombre proviene del idioma yámana y significa “bahía del bosque”. Allí encontramos el famoso cartel que indicaba los 3.063 kilómetros que lo separaban de la capital argentina. El agua la tocamos y la sentimos helada y allí paseamos relajados viendo las aves que volaban lentamente por encima del lago. Mientras recorríamos la orilla, delante nuestro se paseaba un gran zorro de larga cola. Las montañas se veian nevadas y preciosas y disfrutamos de la brisa fresca del mar mezclada con el aroma del bosque. Después, regresamos a Ushuaia y fuimos a comer a Tía Elvira, junto al puerto, una marisquería con piscinas en el escaparate llenas de centollas, el marisco típico de aquí. Dentro había un japonés comiéndose una buena pieza de patas enormes y era tan grande que no podía con ella. Tenía que usar las tijeras para cortar la cáscara de las patas y sudaba a mares con tanto esfuerzo. Nosotros comimos la famosa merluza negra que se cría en los helados fondos de este mar patagónico y también un arroz de mariscos caldoso repleto de conchas de todo tipo y langostinos, regado con una botellita de vino blanco helado. Luego paseamos por todo su litoral marítimo, primero hacia el lado derecho, el de la Armada, con su reivindicación de las Islas Malvinas, y luego para el derecho hacia las letras de la ciudad, cruzando la pasarela hacia el otro lado de la Bahía donde había un club náutico con 4 yates. El paisaje era deslumbrante y aunque hacúa frio, la gente descansaba tumbada al tibio sol en las orillas de la bahía tomando su mate...qué afición tan curiosa tiene esta gente que van cargados con toda la parafernalia de termo, hierba, mate y cucharillas y lo van tomando por la calle. Nos asombramos de que en los hoteles y hasta en los aeropuertos había máquinas de agua caliente para servirse.
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